Literatura

10 sonetos con los que apetecerse de poesía

Lorca, Quevedo, Borges, Lope, Blas de Otero, Otxamba…

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«¿Qué se puede hacer con 14 versos?», podría habernos preguntado esa niña. Y nosotros, que no Petrarca, le habríamos respondido: «Todo».

‒ Otxamba Quérrimo ‒

«¿Qué se puede hacer con 14 versos?», podría haberle preguntado una niña. Y Petrarca, que apestaba a amanecer y Renacimiento, le habría contestado, sin dudar, y con su acento italiano: «Sonetos». De hecho, ya han pasado más de 8 siglos, y la poesía sigue contagiada de esos 14 versos, de esos “sonetos”. Hoy los podemos localizar tanto en Shakespeare como en Sabina. A veces son «endecasílabos», como los de sor Juana Inés de la Cruz; a veces, «de madera», como los de Pablo Neruda. Pero, sean como sean, tengan rima o “libertad”, consonancia o asonancia, dueño o dueña, esos 14 versos, esos «sonetos», todavía dan forma a muchos poemas, a muchos poetas. Todavía.

Por eso, y para degustar la sorpresa de que el «soneto» sigue vivo, resonante, recorramos las entrañas de algunos de ellos. Por ejemplo, éste, A UN ROBLE TARDE FLORECIDO, del nicaragüense José Coronel Urtecho:

Un desmedrado roble sin verdor

que seco ayer a todos parecía,

hijo del páramo y de la sequía,

próxima víctima del leñador,

que era como una niña sin amor

que en su esterilidad se consumía,

con la lluvia de anoche ¡oh, qué alegría!

ha amanecido esta mañana en flor.

Yo me he quedado un poco sorprendido

al contemplar en el roble florido

tanta ternura de la primavera,

que roba, en los jardines de la aurora,

esas flores de nácar con que enflora

los brazos muertos del que nada espera.

Federico García Lorca, antes de ser brutalmente asesinado, también acudió a los 14 versos de los que hablamos, como atestiguan sus Sonetos del amor oscuro. He aquí uno de ellos, el «de la guirnalda de rosas».

¡Esta guirnalda! ¡pronto! ¡que me muero!

¡Teje deprisa! ¡canta! ¡gime! ¡canta!

que la sombra me enturbia la garganta

y otra vez viene y mil la luz de enero.

Entre lo que me quieres y te quiero,

aire de estrellas y temblor de planta,

espesura de anémonas levanta

con oscuro gemir un año entero.

Goza el fresco paisaje de mi herida,

quiebra juncos y arroyos delicados.

Bebe en muslo de miel sangre vertida.

Pero ¡pronto! Que unidos, enlazados,

boca rota de amor y alma mordida,

el tiempo nos encuentre destrozados.

Poco podríamos referir del SONETO sin invocar la prodigiosa nariz de Góngora, tanta nariz, tanta, que Quevedo no pudo resistirse a escribir sobre ella, o lo que es lo mismo, sobre aquél.

Érase un hombre a una nariz pegado,

érase una nariz superlativa,

érase una nariz sayón y escriba,

érase un pez espada muy barbado.

Era un reloj de sol mal encarado,

érase una alquitara pensativa,

érase un elefante boca arriba,

era Ovidio Nasón más narizado.

Érase un espolón de una galera,

érase una pirámide de Egipto,

las doce Tribus de narices era.

Érase un naricísimo infinito,

muchísimo nariz, nariz tan fiera

que en la cara de Anás fuera delito.

Pero el SONETO, tan predilecto andamio de la poesía barroca, arrastraba consigo temas también predilectos, como el amor. Y no sólo en el Barroco. ¡Incluso en las cenizas de la posguerra! De entre ellas pudo emerger, sorprendentemente, UN RELÁMPAGO APENAS. Así lo tronaba Blas de Otero

Besas como si fueses a comerme.

Besas besos de mar, a dentelladas.

Las manos en mis sienes y abismadas

nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,

me declaro vencido, si vencerme

es ver en ti mis manos maniatadas.

Besas besos de Dios. A bocanadas

bebes mi vida. Sorbes. Sin dolerme,

tiras de mi raíz, subes mi muerte

a flor de labio. Y luego, mimadora,

la brizas y la rozas con tu beso.

Oh Dios, oh Dios, oh Dios, si para verte

bastara un beso, un beso que se llora

después, porque, ¡oh, por qué!, no basta eso.

Además de la sátira, además del amor, algunos SONETOS se han atrevido a injertarse incluso a Dios. El artífice de éste podía no haber sido fraile, pero lo fue. En estos 14 versos proclamaba Miguel de Guevara su devoción…

No me mueve, mi Dios, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

En ocasiones, 14 versos también pueden trasladar, no ya culpas, remordimientos, como el de nuestro ciego bibliotecario, quien, mediante este SONETO, y en el crepúsculo de su vida, así fosilizaba el suyo: 

He cometido el peor de los pecados

que un hombre puede cometer. No he sido

feliz. Que los glaciares del olvido

me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego

arriesgado y hermoso de la vida,

para la tierra, el agua, el aire, el fuego.

Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente

se aplicó a las simétricas porfías

del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.

No me abandona. Siempre está a mi lado

La sombra de haber sido un desdichado.

Para SONETOS efervescentes, de rima consonante, marcadamente endecasílabos, pocos son tan ilustrativos como estos 14 versos del gatómaco Félix Lope de Vega:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo;

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño;

beber veneno por licor suave;

olvidar el provecho; amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe;

dar la vida y el alma a un desengaño;

esto es amor: quien lo probó lo sabe.

El tiempo, a lomos de los poetas, se ha encargado de difuminar las fronterizas restricciones del SONETO. Hoy el soneto, antes que rígido, es flexible; la métrica y rima de sus versos, elástica, libre. Tanto, tanto, tanto cabe en un SONETO que Idea Vilariño vino a revolucionar esta forma poética todavía más. Cual taumaturga, con sólo 7 versos, ¡sacó 14!

El mar no es más que un pozo de agua oscura,

los astros sólo son barro que brilla,

el amor, sueño, glándulas, locura,

la noche no es azul, es amarilla.

Los astros sólo son barro que brilla,

el mar no es más que un pozo de agua amarga,

la noche no es azul, es amarilla,

la noche no es profunda, es fría y larga.

El mar no es más que un pozo de agua amarga,

a pesar de los versos de los hombres,

el mar no es más que un pozo de agua oscura.

La noche no es profunda, es fría y larga;

a pesar de los versos de los hombres,

el amor, sueño, glándulas, locura.

Quizás Juan Ramón Jiménez no entendiese qué podría él hacer allí, en la Real Academia de la Lengua Española, y por eso rechazase reiteradamente un sillón en ella, pero lo que no rechazó fue el Nobel de la Literatura. Tampoco rechazó el SONETO. Escuchémoslo en los 14 versos de su OCTUBRE

Estaba echado yo en la tierra, enfrente

del infinito campo de Castilla,

que el otoño envolvía en la amarilla

dulzura de su claro sol poniente.

Lento, el arado, paralelamente

abría el haza oscura, y la sencilla

mano abierta dejaba la semilla

en su entraña partida honradamente.

Pensé arrancarme el corazón, y echarlo,

pleno de su sentir alto y profundo,

al ancho surco del terruño tierno,

a ver si con partirlo y con sembrarlo,

la primavera le mostraba al mundo

el árbol puro del amor eterno.

Y por qué no terminar nuestra ofrenda al SONETO, a la poesía, con uno muy particular, de nuestra propia cosecha. 14 versos de palabras embutidas… ¡en sola sílaba! (o sea, monosilábicas). HAZ DE MIEL se intitula.

Con tal de no ser un juez más de ti

que a ras de tu piel se da con el «hoy»,

fui y soy, tal vez, quien con sed de tu voz

va y fue, con fe, tras el son de su fin.

El fin no fue más que, ¡por fin!, ser dos.

El dos no fue más que, por ti, ser más.

Mas, en vez de ser dos con tez de par,

sin plan, yo fui tú a la par que tú, yo.

¡Qué más da si la gran red de la mar

es gris, o bien de cal, o mal de hiel!

¡Y qué más da si el dios del cruel tic tac

da la paz ‒‒cual don‒‒ con la cruz del «ex»!

Mes a mes, vis a vis, un haz de miel

se ve en tu faz. Con lo cual, ¡qué más da!

 

«¿Qué se puede hacer con 14 versos?», podría habernos preguntado esa niña.

Y nosotros, que no Petrarca, le habríamos respondido:

«Todo».

 

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