Literatura

Milenios de excusas a punto de jamás

Otro agónico NO a la guerra

«¡Qué hermoso podría ser el mundo!», dijo uno de sus compañeros de campo de concentración (El hombre en busca del sentido, 1946). Muy poco antes, a unos cuantos kilómetros de Theresiendstad, una niña de casi 16 años escribía en su diario:

Aquí vivimos diciendo y repitiendo con desesperación «para qué, ¡ay!, para qué diablos sirve la guerra, por qué los hombres no pueden vivir pacíficamente, por qué tienen que destruirlo todo…». La pregunta es comprensible, pero hasta el momento nadie ha sabido formular una respuesta satisfactoria. De verdad, ¿por qué en Inglaterra construyen aviones cada vez más grandes, bombas cada vez más potentes y, por otro lado, casas normalizadas para la reconstrucción del país? ¿Por qué se destinan a diario miles de millones a la guerra y no se reserva ni un céntimo para la medicina, los artistas y los pobres? ¿Por qué la gente tiene que pasar hambre, cuando en otras partes del mundo hay comida en abundancia, pudriéndose? ¡Dios mío!, ¿por qué el hombre es tan estúpido? Yo no creo que la guerra solo sea cosa de grandes hombres, gobernantes y capitalistas. ¡Nada de eso! Al hombre pequeño también le gusta; si no, los pueblos ya se habrían levantado contra ella.

Se llamaba Ana Frank. La Segunda Guerra Mundial no consintió que viviese más.

Interrogantes similares nos hemos planteado todos.

¿Qué dios resistiría la vergüenza de ser el artesano / de tantos asesinos?, se preguntaba Katy Parra en «Incidencia moral» (Animales entre animales, 2014). José Manuel Caballero Bonald, en «Una pregunta» (Manual de infractores, 2005): ¿cuántos / consorcios de falsarios, púlpitos / execrables, compraventas de armas, / eufemismos que sólo encubren / crímenes, hemos de cortejar con nuestros muertos / antes de que por fin prevalezca la vida?

Resulta que la guerra sigue habitando entre nosotros, y el mundo, como siempre, impacificado, la muerte, a la venta, los odios, por descontado.  

¿Tan poco factible es revertir esta sanguinolenta predilección nuestra?

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La guerra es una realidad que espeluzna, repugna, compunge, trastorna, remuerde… Y, aun así, somos incapaces de abolirla, incapaces de desarmarla, de desmilitarizarnos, de cambiar. ¿Hasta cuándo? ¿Cuántos milenios de excusas a punto de jamás respaldaremos antes de afrontar un unánime y definitivo ¡basta!?

 ‒ Hibah Gómez Boussetra ‒ 

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Milenios de excusas a punto de jamás

Otro agónico NO a la guerra

Aun a riesgo de costumbre, de masacre,

aúna, uno a uno, sus argumentos de identidad,

cada cual más acre,

más vacuo: paz, orden, soberanía, seguridad;

más nimio: justicia; más terco: influencia, hegemonía;

más turbio: distracción, anexión, hipocresía;

más cierto: poder;

y, como es de esperar, acto seguido, nos mira, inminente,

nos mira (desde luego, sin querer),

nos mira, a falta de nombres,       

mundial, preventiva, fría, santa, (in)civilmente,

pero, por encima de todo, ¡otra vez!

Y otra vez, como el dios que caduca con edad la vida,

termina encogiéndose de hombres.

 

Seis días, cien años…

Quien sólo sabe vivir

no dilapida tiempo: hitos dilapida,

peldaños de ajena vejez,

porvenir,

tal vez escaños,

mientras desenrolla, de nuevo, la estela de los buitres,

luego la escasez, la demencia

que vuelve los pupitres

camastros, las raíces cenizas,

estrépitos los pigmentos de la calle,

para que ninguna poquedumbre de voces olvidadizas

pueda cambiarnos de padecer,

y así persista —no sida, adjudicada— la inocencia.

 

¡Qué crueles, crudas, cruentas las comparsas del deber,

semillero de delitos!

¡Cuánto dolor se comercia

con tal de que su hombría desencalle

y el ayer se redefina!

¡Cuánta nación de almas tomar!

¡Cuánto soldado soldado a la inercia!

¡Cuántas miradas

pidiendo a dudas salir de gritos,

huir de fechas predispuestas a ostentar,

más que guerreros, regueros de ruina,

más que victorias, víctimas eufemizadas

con cifras, con rezos, con fosas,

porque tentaron a la sangre sin suerte en las venas!

 

Y entretanto, ella, en plena subasta del odio,

haciendo que el miedo custodio

merezca las penas.

Y entrenosotros, «otros», mendrugos de idea señalizables

culpables del estado de las cosas,

enemigos, terroristas,

si no invasores, caínes, traidores y demás alquimistas

del mal, del crimen

(por supuesto, inhumanizables),

a quienes ceñiremos,

en lugar de nuestra estima, estigmas,

y cadenas, y patrañas, y penurias…

hasta que nos legitimen.

O se nos vayan de las bocas los extremos.

 

¿Y todo porque el olivo se ha quedado sin palomas,

la verdad, sin paradigmas,

a oscuras (quizá en blanco), la razón?

¿O porque los noes, hechos furias,

sisisisisían,

obstinados en pasar del nunca a la excepción,

convencidos, con «lo correcto» y otros axiomas,

de que el bien mayor debe rimar con el mal de muchos?

¿Es por eso que se envían

a unos ojos misivas y a otros misiles?

¿Es por eso que la noche a los niños dormiduchos

les lee cuentos,

y a la prensa, sin embargo, recuentos infantiles?

¿Por eso que cabe tanta conciencia en la tranquilidad?

 

Claro, como ha de ser tierra de nadie la muerte,

y los muertos, meros donativos

del escombro, meros aspavientos

de ciudad,

la responsabilidad se invierte,

propensa a recaer donde las manos se lavan,

o sea, allí donde se aupaban

las más sofisticadas piñatas de tragedia.

Y, claro, hallados los estribos,

cómo no va a bastar esa negación testaruda,

esa expiatoria distorsión

de la angustia, de la rabia, de la historia,

con que el orgullo se escuda

de cada yerro, trauma, sombra que lo asedia.

 

Pero, por tupidos que sean, no todos los velos saben correr.

De cuando en cuando uno hay que se desvela

con la aciaga conclusión

de que de tanto meter el mundo en la llaga

demasiadas palabras, cerrojos, tiene la escapatoria.

¿Y cuánta memoria el desdén que nos estraga?

¿Cuánta la patria deshecha en cupones de exilio transoceánico?

¿Acaso importa?

¿No vemos que el cielo se niega a amanecer?

¡Y qué si vive el infierno en cada secuela!

¿No oímos cómo una jauría de suspiros se aferra,

cada vez más fuerte, al mismo y roído «por favor»?

¡El bestiario desfila! ¡Que se fecunde el pánico!

 

Ha vuelto a mirarnos la guerra.

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