Literatura

Conglomerado de egos

Muestrario de RELATOS polimorfos en primera persona

Autor: Otxamba Quérrimo

Portada: ilustración de Virginia García Coretti

No existe ni la equivalencia (« = ») ni la paridad entre personas. Demasiado complejos, exclusivos, únicos somos. Inigualables. Gracias o por culpa de ello, más atractivo tienen nuestros rasgos descollantes, nuestros atributos definitorios, nuestras particularidades individuales. En definitiva, nuestras sugestivas personalidades. Tan sorpresivamente volubles. Tan paradójicamente inmutables. Y desparramadas sin precaución sobre emociones, sobre opiniones, sobre experiencias. Digamos mejor, sobre la vida. Para mostrarlo, Conglomerado de egos, este menú degustación de caracteres, viene a recoger algunas de ellas. Algunas. Abrumadora es nuestra pluralidad. Inabarcable. Extraordinaria. Leamos cuánto.

El bosque sería muy triste si sólo cantaran los pájaros que mejor lo hacen.

Rabindranath Tagore

Detrás de la irresponsabilidad, de la despreocupación, del egoísmo, e incluso de la indiferencia, se esconde, por lo general, la falta de  atención, la inconsciencia, y no la bajeza moral.

– En una sala de espera –

En cada una de las escalas redescubro mi profesión, o mejor dicho, me la redescubren ellos,  especialmente cuando me escapo de la cabina de mando con la deliciosa posibilidad de, cual polizón, sentarme entre sus filas de asientos y observarles: cuántas veces habrán delatado sus rostros la mágica incomprensión de la fuerza de suspensión; cuántas veces se habrán atemorizado cuando, tras despegar, las alas ratifican el milagro de volar.

– Servidores celestes –

RELATO

Servidores celestes

Hay muchas formas de brindar un servicio a los demás. Unas quedan de manifiesto ante todos, como las de los actores de las series, quienes encarnan el menú de historias que diariamente degustamos en los platos de nuestras pantallas. Como las de las gasolineras, que siempre están dispuestas a saciar el apetito de nuestros coches. Como las de los diputados, condenados a acaparar nuestra atención, nuestro futuro y nuestras quejas por el “bien” de la sociedad. O como las de los museos, que gustosamente nos ofrecen la cultura por fascículos. Sin embargo, muchas otras son invisibles, como las de quienes embaucan nuestros sentidos vistiendo y maquillando a esos mismos actores. Como las de quienes, enjaulados en sus camiones, surcan las carreteras, inyectando nuevas dosis de productos inflamables a esas mismas gasolineras. Como las de los hujieres, que agilizan las trifulcas de esos mismos diputados. O como las de quienes satisfacen las curiosidades y necesidades del público foráneo de esos mismos museos, traduciendo a sus idiomas lotes y lotes de panfletos informativos con el fin de amenizar la laboriosa tarea de saborear el arte. En esta dicotomía de servicios, yo me encuentro, por fortuna o por desgracia, entre las que desempeñan su trabajo al otro lado del telón. Invisible. Al fin y al cabo, soy piloto…

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Y si no me reconoce

tendré entonces que abrazarla,

susurrándole a voces

«te quieros» con la mirada.

«Te quieros» con la mirada

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«Te quieros» con la mirada

Amor, ¿cómo es que te tengo?

¿Cómo es que tú sigues dentro

de la memoria dormida

de un corazón fiel?

Amor, ¿cómo es que la quiero?

¿Cómo es que la miro y siento

que sigue siendo la misma

cuando ya no lo es?…

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Las ganas de aprender no están atadas a la edad, sino desatadas en el corazón.

– Coloquio a las puertas del porvenir

RELATO

Coloquio a las puertas del porvenir

Buenos días.

No. No intentes esconderte. No puedes. Incrustada a esta fachada no tienes elección.

Por lo menos podrías ser más educada. Hasta donde yo recuerdo, siempre lo has sido. Siempre has estado abierta de par en par. Siempre has acogido a cualquiera que quisiera desentrañar el conocimiento, encauzar su desorientada vida o empoderar su futuro. Siempre.

¿Te acuerdas de mí? Quizás no. Quizás sí. Aunque lo más probable es que me etiquetes como otra gota más en la marea de estudiantes que confluye entre tus jambas. Lo he sido, pero ahora pertenezco a otro tipo de gotas: las del torrente de egresadas. En cierto modo, por eso he concertado mi visita. Quiero que rompas tu silencio, porque tantas veces te he visto, tantas veces he cruzado bajo tu dintel, y tú nunca has dicho nada. Nunca has protestado cuando te han bautizado como la entrada de una u otra facultad. Nunca has expresado cómo te sientes viéndonos salir, viéndonos entrar. Nunca. ¡Y tienes tanto que contar! Anda. No seas tímida. Aunque sea a mí, cuéntame, pues posiblemente jamás volveremos a vernos…

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Generalmente, o eso cuentan, la positividad o negatividad de la percepción de una palabra, de un elemento, de una persona o de una circunstancia, depende de los adjetivos. Al fin y al cabo, el énfasis de un sustantivo, o a lo sumo, de una frase, lo marcan los adjetivos. Quienes matizan o intensifican la realidad no son otros que los adjetivos. La interpretación de las palabras y del mundo corre a cargo de los adjetivos. ¡Qué responsabilidad la de los adjetivos!

– Una forma más de ver el mundo –

RELATO

Una forma más de ver el mundo

Tengo un secreto, un secreto que anhelas saber. Pero no te lo puedo decir. O no por ahora. Mi nombre tampoco. Los nombres dan poder. Si supieras mi nombre tendrías poder sobre mí; si supieras mi secreto, sobre los demás. Sé que buscas en mis pupilas una explicación a la que aferrarte. Lo siento. No te la puedo dar. O no de momento. Sin embargo, sí que puedo contarte algo que quizás te interese. No me mires así. Quizás no. Tiene relación con mi secreto, pero también con una psicóloga que conoces, o deberías, una psicóloga que se especializó, o eso decía, en casos de niños y niñas que aún no habían entrado en la adolescencia. Como si a la adolescencia se entrara. Una tarde, porque si no fuera por la tarde no debería haber niños y niñas en su consulta, la psicóloga se enfrentó a un caso que intentó resolver, sin éxito, sesión tras sesión después, un caso que le frustró tanto como le fascinó, hasta el punto de cambiarla para siempre, o eso rezaron los titulares de algunos periódicos. ­

‒Se niega a usar adjetivos ‒recuerdo, o creo recordar, que le confesaba la madre a la psicóloga…

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Definitivamente, no es lo mismo soñar durmiendo que soñar con dormir. ¡Yo sueño con dormir! No por cansancio, sino por nostalgia de los sueños.

– Insomnio –

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Insomnio

¡Duérmete, maldita sea! ¿Por qué no me duermo? Ni pastillas ni ovejitas ni paciencia. ¡Nada! ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Desde luego, todo menos el tiempo. ¡Sí, corazón, márcame los segundos con tus desquiciantes latidos! ¡Inútil! ¿Acaso no sabes que siguen siendo sólo las tres treinta y siete?…

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La cotidianidad todavía hace tiritar a mi memoria. Todavía. Especialmente a raíz de sus misterios irresolutos.

– La cotidianidad está infestada de prodigios. Y malignidad

Relato

La cotidianidad está infestada de prodigios. Y malignidad

La cotidianidad está infestada de prodigios. Y malignidad. ¿Habéis sentido alguna vez cómo la piel de vuestra memoria se eriza, se agallina, se piloerecta, por culpa de un recuerdo? Yo sí. Es más, sé tiritar con la memoria. Había otros muchos talentos a mi disposición ⸺menear las orejas, chuparme los codos, escupir, con acierto y estilo, a lo vaquero, recitar el abecedario eructafónicamente, silbar, no con dos dedos, con todo el puño en la boca, y a más de 100 decibelios…; en fin, esa clase de dones naturales de los que hacen gala quienes orgullosamente representan a nuestra especie⸺ pero, por lo visto, mis genes deben de ser otros. Yo sé tiritar con la memoria….

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