Literatura

La diversidad de la pequeñez

ODA a Madrid

Poema: Otxamba Quérrimo

Música: Sergio G. Coretti (Gravity Sound)

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Madrid es no tener nada y tenerlo todo.

‒ Ramón Gómez de la Serna ‒

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La diversidad de la pequeñez

¿Qué ciudad no es un baúl de secretos adoquinados

dentro del cual

manzanas de tendencia vertical

acotan los horizontes de sus ciudadanos?

¿Qué ciudad no atesora

callejones que rememoran con nostalgia

la impostora magia

de los siglos caducados

en el vecindario de la actualidad?

¿Y qué ciudad,

cuando la ducha de la noche

le presta atención,

no manosea

el flequillo de las estrellas

con las eléctricas centellas del derroche,

bajo su boina de polución?

Ninguna.

Ahora bien,

yo conozco también una

que, además

‒‒sin atisbos de un mar distante

y con las sobras de un tímido río‒‒,

flota inundada de historia;

como poco,

sobre los labios locos de nuestra memoria,

sobre humeantes tapices de asfalto baldío,

sobre las migratorias raíces de sus habitantes.

¿Dónde?

Allí donde se esconde

quien repudió el pecado de ser capital,

la ciudad que deglutió dislates bélicos

con el estrépito de las buenas intenciones,

la misma que, ostentando su tercera edad,

nunca se ha sentido tan joven,

ni tan enorme,

ni tan capaz.

¡Venid!

¡Averigüemos cuánto!

Es decir,

recorramos sus costados hasta darlos de sí,

por lo pronto, y lo tonto, y lo tanto

que contiene su perenne identidad;

para así,

puestos a hablar de Madrid,

hablar de Madrid, pero con encanto.

 

Cierto sujeto muy acertadamente dijo

que ojalá existiese un calendario

con racimos de días suficientes

como para conocer a fondo

sus entresijos,

porque, cuanto más hondo

nos sumergimos

en los embrujos de cualquier itinerario

sustraído de los planos de Madrid,

terminamos por renunciar a descubrir,

exactamente,

todo.

Lejos de desanimarnos,

no seré yo quien se niegue a elegir

un punto de partida,

a sabiendas de que las metas

a las que me conduzca

la línea de salida escogida,

sorprendentemente,

jamás podrán ser demasiadas.

 

Viéndolo así,

antes de nada,

¿por qué no dialogar con esos colosos

que reposan sus nalgas inertes

sobre sillares turgentes, añejos, majestuosos,

de acero, granito u hormigón?

A fin de cuentas,

de todo lo que conforma el distrítico cuerpo

de esta ciudad suculenta,

poco es comparable a la conversación

insinuada por sus cimientos.

En otras palabras,

cuando los edificios hablan,

cuando estos testigos del tiempo

tienen algo que declarar,

qué mejor que dejarnos empapar

con sus confidencias,

ya sea bogando por los relatos de sus entrañas,

o devorando, con nuestra curiosidad,

decenas de cuadros cuasiescultóricos

sobre el lienzo pseudocanónico

de sus fachadas.

Y más si es la nuestra una ciudad

que se condimenta con el acento

de su generoso e inestimable patrimonio,

con miríadas de testimonios

que bien pudieran haber sido secuestradas en los cuentos.

¿O acaso Madrid no es artífice

de rosaledas de ensueño, palacios de cristal,

mataderos de cultura, jardines de príncipes,

plazas de orientación oriental,

puentes de suicidas, parques de caprichos,

arcos de victoria, quintas de molinos,

casas encendidas, de monedas o de campo,

campos de moros, barrios de letras, praderas de santos…?

¿O acaso Madrid no erigió

templos egipcios, anillos verdes,

sillas de reyes y puertas de sol,

despertando, a falta de líderes, congresos de leones;

a falta de demonios, mercados de arcángeles;

a falta de credos; fuentes de dioses;

y a falta de gloria, glorietas con pirámides?

Precisamente, ¡el urbanismo de lo fantástico!,

espejismos palpables

cuyo espectáculo

es un arte vivo, paciente, memorable,

dispuesto a narrarnos

una historia tan visual como visible,

ya que Madrid, permanentemente,

ofrece al visitante

mucho más de lo que pide.

Convenzámonos ojeando la variada oferta

con que ensarta

a turistas y residentes por igual,

los cuales, como se descuiden,

serán incitados a degustar

los dispares menús de cultura a la carta

que Madrid imagina, aglutina y reparte

con la premisa de que el arte

se debe saborear.

Por eso no es raro encontrar,

entre otros

‒‒y en sintonía con la fantasía precedente‒‒,

terrazas aéreas transparentes,

zoológicos remotos,

cines de verano,

museos de reinas que pasean por prados,

teatros enterrados por banderas

o adosados a ambos lados de las más grandes aceras,

capillas frescas,

observatorios reales,

noches de humor,

conciertos a raudales,

galerías de color

ubicadas sin pudor

tras recónditos cristales,

bailarines que transforman a diario

jardines y canales

en idóneos escenarios,

casas árabes,

bibliotecas táctiles,

planetarios

y un sinfín de ferias y fundaciones

cuyas exhibiciones hacen

que los días sean extraordinarios.

Al fin y al cabo,

tiempo ha que Madrid es imán de artistas,

coleccionista de enigmas, reliquias y monumentos,

lugar de encuentro

para tantos protagonistas,

de eras marchitas y presentes,

que grabaron sus nombres correspondientes

en las interminables listas

de nuestro agradecimiento.

No obstante,

si este mundo de sueños desinhibidos

se nos quedase ceñido, tirante,

siempre podremos poner la mirada en remojo,

para que el portón cerrado de nuestros ojos

se encharque con el sublime azul

en el que el cielo madrileño se refugia,

exprimiendo, con acritud,

más luz que lluvia.

 

Con lo referido hasta ahora,

pudiera parecer que Madrid sólo comparte

la encantadora versión de la cual es autora,

cuando, por otra parte,

en ella también afloran

fiestas, prácticas y celebraciones

que revitalizan el baluarte

de nuestras cuestionables

tradiciones.

Dicho de otra forma,

¿qué hay de las plazas que aún son mayores

teñidas de Navidad?

¿Qué hay de los días señalados para sentir orgullo,

de las cantinas que miden la calidad

en los decibelios de su barullo?

¿Qué hay de los casinos y cansinas,

de los calamares que no dan abasto,

de los domingos que en la Latina

desaparecen sin dejar rastro?

¿Qué hay de los estadios de locura incipiente,

de los doses de mayo,

de las dosis de callos,

de los belenes por poco vivientes,

de las placas que destacan sobre heces de caballo?

¿Qué hay de las marchas violetas,

o de las camisetas numeradas

que trotan, con prisa castellana,

para estimular sonrisas sujetas

a mejoras sociales

en calles, hogares y jornadas?

¿Qué hay de semejante pluralidad de propuestas?

¿Acaso no son minúsculas muestras

de que, en Madrid,

a despecho de nuestros hábitos, gustos y preferencias,

podemos darnos por satisfechos

con las ocurrencias que se orquestan por aquí,

sacando provecho

de una ciudad capaz de rejuvenecer

cualquier corazón terrestre,

siempre y cuando se geste

en la diversidad de su pequeñez?

De hecho,

si deshojásemos cada uno de sus misterios

hasta dejarla desnuda,

podría entrarnos la duda

de si Madrid es más que una ciudad.

Duda resuelta:

lo es.

De lo contrario,

¿qué sería de esos tantos otros barrios, municipios y rincones

‒‒igualmente deliciosos, asombrosos, tentadores‒‒,

que penden de sus urbes,

potenciando su grandeza, su belleza y sus costumbres

con usanzas, leyendas y joyas

merecedoras del más indisoluble interés?

Por favor,

que nadie lo dude:

Madrid es más que una ciudad,

y cualquier otra azotea,

por ignota que nos sea,

también etiquetada como «Madrid» será,

desde Parla hasta Alcalá,

desde Aranjuez hasta Alcobendas,

desde Chinchón hasta la sierra

y más allá;

para que las chulapas

compitan

con ermitas concurridas

que también tienen cabida

en nuestros mapas;

para que las ciudades acuáticas,

cada vez que el verano reavive su sed,

consigan adormecer los grados

de nuestro gatuno territorio;

para que las ciclópeas cruces y cristos

que coronan valles e imprevistos promontorios

sean por siempre recordatorios

de nuestra cromática estupidez…

 

Asimismo,

siendo Madrid un hervidero de oficios,

sería un despropósito silenciar

los esfuerzos autóctonos

que se ajustician

en beneficio

de nuestra comunidad.

Para que dejen de ser noticia,

demasiados son los indicios

que subrayan las delicias

del insólito y elástico catálogo de servicios

con el que Madrid acaricia

la cotidianidad.

Y no me refiero

al soberbio sacrificio

de su plantilla hospitalaria,

(que también),

ni al vaivén de ayudas humanitarias

lideradas por sus espíritus más guerreros

(que también),

ni al caudal de pasajeros

con el que irriga el globo entero

su baraja aeroportuaria,

(que también);

sino al cociente resultante tras dividir,

a partir de un kilómetro cero,

doce líneas de un mismo metro,

deduciendo,

en cuestión de segundos,

que el transporte público de Madrid

no es sino la octava maravilla del mundo.

Quizás es presunción.

Puede que ignorancia,

ciega devoción.

O tal vez la exploración

de otras mismas realidades,

acogidas por distintas ciudades

nacionales y extranjeras,

no esté en consonancia

con la perfección

que ha esculpido Madrid bajo tierra.

A través de la magnífica red

de túneles y raíles

por la que fluyen sus miles de intestinos

a merced de horas puntas recurrentes,

ha urdido el más eficiente

sistema digestivo

con el objetivo

de interconectar personas, vivencias y mañanas,

recortando la distancia,

milímetro a milímetro,

hasta hacerla, como mínimo,

cercana.

Y no sólo eso.

De puertas para afuera,

esta ciudad ha rellenado

pavimentos, vías y carreteras

con el peso

de patinetes alados,

trenes expreso,

bicicletas recargables,

tranvías irónicamente ligeros,

bocanadas inagotables de autobuses

y trasnochantes multitudes de transeúntes

que se arriman a bandadas de búhos comunes

y otros AVEs.

Con más razón si cabe,

¿es o no es su transporte público

un caso presumiblemente único

en comparación

con el de otros lugares?

Se admiten sugerencias,

incluso discrepancias

que socaven

la merecida reputación

que lo diferencia

del de ajenas ciudades.

Aun así,

persistiendo la objeción,

basta con acudir

al veredicto de la experiencia

para admitir,

en consecuencia,

que quien lo probó lo sabe.

 

Muy someramente,

se han diseccionado personajes prominentes

de la historia más vetusta

o más reciente de Madrid.

Se han desglosado algunos de sus paisajes

interurbanos que más gustan,

junto a modas que se ajustan

al arbitrio de su gente.

Y se han elogiado,

como rasgos sobresalientes,

los medios que nuestra ciudad destina

a hacer de la rutina

una fábrica de posibilidades complacientes.

Sin embargo,

de momento no se ha desempolvado

la alfombra de frescura

con que natura

tiñe sus alrededores,

valiéndose de los colores

que desvela cada estación.

La razón es simple:

apenas son unos pocos

los domingueros que apuran el sabor

del cetrino corazón

de lo invisible,

exclusivamente invisible

porque la mayoría de nosotros,

zambullidos en el alboroto

de nuestro cascarón ciudadeño,

olvidamos que existen

universos de matices

más allá de nuestros muros hogareños.

Y Madrid lo sabe,

por eso Madrid nos ceba

con riadas de oportunidades

al exterior,

con atardeceres perfilados

con los trazos del rubor,

con hayedos y daliedas,

con piscinas naturales,

con yelmos de piedra,

con legiones de parques

embadurnados en instantes

de belleza en flor,

con miradores tetificados,

con pantanos inquietantes,

con estanques,

con otoños que visten los bosques de pardo,

con calzadas,

desprovistas de abalorios,

pero surtidas por imperfecciones,

con cascadas salidas del purgatorio,

con lagos vecinos de parques de atracciones,

con embalses reprimidos,

con cerros reverdecidos

con las vistas de la catedral,

con edenes interiores,

o con rutas donde se disfruta

de la más absoluta tranquilidad.

Dicho lo cual,

no sería un disparate reconocer

que el atractivo de Madrid también procede

de la suma de sus espacios verdes,

mimados adrede

para hacer de la nuestra la ciudad que es.

 

Pero basta de menudencias verbales.

Basta de retratos que sólo pueden ser ultimados

pateando sus calles,

observando, cara a cara,

los detalles de su cuerpo metropolitano,

pues, por más que se exalten

sus castillos discordantes,

sus cabinas voladoras,

sus parrillas de fe,

ninguna tentativa elogiadora

podrá honrarla sin anclarse a los clichés.

Por esta razón,

abdico de mis vanos intentos

y me contento

si ahora,

Madrid,

me permites dirigirme a ti

como si leyeses mis pensamientos.

No eres la ciudad más grande,

ni la ciudad mejor,

ni siquiera la ciudad de mis sueños,

mas, no siéndolo,

ya eres más de lo que pido,

más de lo que entiende un tipo como yo.

De todos modos,

créeme sólo a medias,

porque, como bien sabes,

mi admiración no deja de ser mía,

y, por tanto,

sesgada, imperfecta, subjetiva,

aunque no por ello menos cierta.

Por eso, Madrid,

¡siéntete especial!:

al menos uno de tus ciudadanos

se ha atrevido a preferir

las mieles de tus encantos,

a pesar de que apenas te arropen las sábanas del invierno,

a pesar de que tus sistemas de iluminación

desiluminen los cielos,

a pesar de que no puedas desligarte de los defectos de ser ciudad.

Entonces,

¿por qué te he preferido?

Porque, con sólo diversificar lo pequeño,

has consentido

que hoy pueda llamarte «hogar».

 

Gracias, Madrid.

                                                                                                                                Junio de 2020

 

«Madrid es no tener nada y tenerlo todo»

Ramón Gómez de la Serna

 

«En ocasiones necesito serle infiel,

irme unos días, darme un tiempo de descanso;

pero al estar con otras algo empieza a arder,

y en poco tiempo voy de vuelta hacia sus brazos»

Marwan

 

«Madrid, confío en que sepamos cuidarte y conocerte, porque te lo mereces»,

Siema Matritensis

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